Lectura de Perla Sneh en la presentación del nuevo número de El Ojo Mocho

21 Dic
Eduardo Rinesi, Javier Trímboli y Perla Sneh

Eduardo Rinesi, Javier Trímboli y Perla Sneh

¿Qué es una invitación a leer en tiempos de domesticación lectora? La pregunta tiene hoy, para mí, la forma de esta revista, tan poco complaciente con facilidad alguna, tan densa de voces y tramas que hilvanan cuestiones precisas y urgentes –continuidad de un proyecto político, construcción de soberanía, sucesión, liderazgo- con el hilo -fecundo y problemático a la vez- de la así llamada “teología política”. Y esa invitación se anuncia desde el mismo título, donde “dios” y “estado” se escriben con minúscula.

En este punto, debiera hacer una salvedad: no sé si soy una lectora apropiada. Quiero decir: provengo de una tradición cuyas lenguas no distinguen mayúsculas de minúsculas, que se desentiende de la noción de creencia, que no alberga dogmas y en la que no hay un término que signifique “religión” en el sentido que domina nuestra cultura (el del religare latino). Una tradición en la que la soberanía es la de un rey que, lejos de ser uno consigo mismo, vive acosado por las imprecaciones del profeta y en la que el profeta por excelencia es tartamudo. Una tradición en la que, estrictamente, no hay tal cosa que se llame “teología” (en tanto conocimiento de la divinidad o de sus atributos).

Dicho esto, sin embargo, agrego: nada de esto me impide leer. Les propongo, entonces, ésta –mi- lectura que aún si puede ser inadecuada –o, si quieren, mocha-, no deja de ser interesada, como cuando se dice que una herida interesa tal o cual órgano. Una lectura que habla de  -parafraseo a Mastronardi- algo que me concierne. Una lectura que no pretende resumir los textos publicados, muchos de los cuales me exceden largamente en erudición y complejidad. Tampoco pretende compendiar lo que el índice presenta con claridad ni indicar -¿cómo podría?- aciertos o desaciertos. Digo una lectura quizás en el sentido que el propio Ojo Mocho lo entiende, es decir una bitácora un poco perpleja de ciertos momentos del recorrido, esos en que “uno se detiene y levanta la cabeza”, cuando “quizás se le vuele alguna idea, pero también sienta la angustia de la guadaña de la censura de los amos de los lugares comunes”. EOM llama “herético” a ese momento, lo cual no deja de ser llamativo porque ¿qué hay más religioso que la herejía?

Si mencioné en primer término –subrayando el gesto de los responsables de la revista- esas palabras en minúsculas, quizás sea porque no me resultan ni más ni menos sacramentales que la mayúscula que encabeza la singularización de una tragedia histórica. Es interesante, también, en este rumbo, que la palabra god –en una lengua cuya incidencia en nuestra escritura merecería más atención que la que solemos dispensarle- god, digo, escrita también en minúscula (en la frase “in god we trust”, nos pone ante una rara ambigüedad: no sabemos si cita un texto, un pensamiento o un billete, lo que no está nada mal si se trata de guerra, petróleo y fundamentalismo religioso en Medio Oriente, como es el caso del ensayo de Matías Rodeiro quien, citando a Chomsky, propone discernir entre dioses y diablos. No creo, sin embargo, que sea tan fácil.

Me gusta (sí, reivindico el gusto como criterio válido) la manera en que esta propuesta se despliega en conversación. El término no alude sólo a lo que EOM llama “Diálogos”, como el que sostiene con María Pía López y Hernán Ronsino y que incluyen –esto es interesante- elaboraciones críticas de Maximiliano Crespi y Sebastán Russo sobre la escritura de los conversadores. “Conversación”: lo digo menos como descripción que como modo de nombrar un estilo, o mejor, un modo de decir, giro que celebro encontrar en el texto de José Pablo Martín. En este estilo, lo que aquí se llaman “diálogos” me parece una forma particularmente valiosa de pensamiento: el despliegue de discursos que no pretenden desconocer sus balbuceos, sus idas y venidas, sus vacilaciones. No se trata entonces, como por ahí oí decir, de un “texto sin editar”, como si se pretendiera un reflejo aséptico de una supuesta naturalidad del habla; al contrario, se trata de una posición enunciativa, la de un decir que se percibe en su fragilidad y en ella escucha lo que sus palabras dicen. Curiosamente, podría citar aquí a un autor muy alejado de las muchas y variadas referencias que vertebran los distintos textos de la revista. Dice Aharon Appelfeld, escritor: Una continuidad de palabras correctas me despierta sospechas. Prefiero el tartamudeo. En el tartamudeo oigo la inquietud,  el esfuerzo  por rescatar a las palabras de sus limitaciones.

Pero que no se entienda esa vacilación como timidez o apocamiento. Hay voces en juego y se hacen oír. Alejandro Kaufman, en relación a tres nombres propios –cada uno de ellos es marca y herida en nuestra historia- levanta el interrogante sobre cómo hablamos contra el fondo de una economía libidinal de palabras y silencios que hacen al drama de la memoria. Pero no es una memoria genérica la que está en juego. Cito: “El que hablaba en vida, el que no sabía y el que calla. Sin esa trama de la memoria no se podría siquiera comenzarse a pretender una comprensión acabada de la intemperie”. La intemperie como memoria en la historia que es presente; una historia que – de no incluir la “noción” de lo imperdonable  en el conflicto que se despliega en nuestra escena simbólica- se expone sino al negacionismo al menos a una negligencia grave. Dije “noción” (con comillas) porque no se trata de un concepto, sino de lo imperdonable como límite.  ¿Cómo hablar con ese límite? ¿Cómo hacerlo –agrego por mi cuenta- hoy, que la intemperie –que no es sino la crueldad- se ha deslizado al centro de la escena como argumento político?

El ojo escucha, la oreja ve. Así se teje un modo de la crítica, pero digo crítica pensando en Henri Meschonnic: menos el despliegue de una teoría que la búsqueda incesante de funcionamientos e historicidades. En ese entramado, cada hilo borda a su manera: Daniel Santoro indaga los modos de la religión y la ideología en dos obras fundantes de la pintura nacional: “La vuelta del Malón” (Della Valle) y “Sin pan y sin trabajo” (De la Cárcova). (Agregaría, -no porque le falte sino por inclinación personal-, “El despertar de la criada”, pliegue íntimo de esos modos que alguna vez mereció ilustrar la portada del “Sin rumbo” de Cambaceres.) Nicolás Prividera le reclama al cine argentino un “compromiso político” –si lo digo con comillas, éstas corren por mi cuenta- que le parece ausente. También Ronsino y López reclaman: componer políticas culturales, mejorar propuestas estatales y, sobre todo, lectura, lectura contradictoria, agresiva, discordante, pero lectura y no el silencio reinante. En cuanto a los argumentos de Maximiliano Crespi sobre lo que llama “realismo infame”, no puedo más que seguirlos con atención porque no he leído a los autores que menciona; quizás sea una buena ocasión para comenzar a hacerlo. Rubén Dri, por su parte, recela de la revolución franciscana en progreso y creo que tiene razón: justicia social es algo muy otro que caridad. Y sin embargo, cuando sanciona con la expresión “la Biblia y el calefón” lo irreconciliable de ciertos gestos políticos, me detengo y pienso: ¿será el calefón necesariamente menos religioso que la Biblia?

La conversación se despliega en planos diversos, múltiples, asimétricos. La diversidad de miradas mochas actúa como hontanar de pequeños estímulos que hacen que cada uno pueda encontrar una vía en el gesto del otro. Así, la mención de un libro de HG en el diálogo con López y Ronsino, hace lugar a un texto de Florencia Gómez sobre ese texto: Besar a la muerta. Diría, para seguir en materia, a la Muerta con mayúscula. Es un texto que convoca rápidamente signos de pregunta en torno a palabras como ¿novela? ¿histórica? ¿teológica? ¿novelización burlesca? Noveleta, dice incluso el propio González. Como lectora, me alejo de estas inquisiciones para acercarme, quizás, a Borges, porque esta zona de la escritura de González podría leerse, me atrevo a decir, como una especie de Deutsches Requiem en solfa, cifrado, quizás innecesariamente, en una única frase: “el interés no comienza por lo mío sino por lo que se opone a mí”. Y sin embargo, ¿cómo hablar de (o con) ese interés sin terminar trinchado como el chinchulín o degollado como el carnero? El recurso, entiendo, es la risa. Hay una risa –es decir, toda clase de matices entre la sonrisa y la franca carcajada- como cuerda continua, como presencia insalvable,  pero no es solo risa (aunque, es preciso subrayarlo: es risa no burla). Hasta diría que es una especie de relato bíblico pero menos por la teoría apostólica y evangélica en juego, que por el recurso a la narración como modo de la meditación. Una risa como la que está en el nombre de Isaac (hablando de carneros…), Itzják, que literalmente quiere decir: “el que reirá” (aunque, considerando su historia, no sabemos muy bien de qué). Una suerte de teología del viejo Vizcacha, la historia abrumándonos hasta en los detalles más nimios de la vida. Un texto poderoso y contundente justamente por su manera de ser liviano. Y si subrayo en esto la risa es porque no deja de ser un modo de decir no sólo en la escritura de HG, sino en la revista misma: la risa como afirmación soberana.

Menciono apenas algunos hilos de la apretada trama que conforma esta propuesta. Una trama donde no reina el orden sino la búsqueda, una trama que se desfleca en rumbos sin centro. Podemos decir, un pensamiento desorganizado. Esto no deja de ser interesante dado el actual estado de la cosa política, de lo que hace a la noción de soberanía –recuperada en tantos ámbitos-, de lo que hace a la idea de sucesión. Interesante, digo, este pensamiento desorganizado porque ¿cómo pensar si estamos unidos y organizados? No pretendo ser sibilina, la pregunta es genuina.

Cómo pensar no digo sin los otros pero tampoco dejándonos fundir en la masa, que es, me disculparán el freudismo, lo que más propiamente llamaría religión: la comunión de los fieles en el amor al líder que siempre produce un resto segregado.  ¿Cómo pensar la política sin desconocer -repudiar–  lo que ese amor guarda en su horizonte de odio y crueldad?

No es casual la mención de Freud, un hombre sin dios (con o sin mayúsculas). Mencionemos aquí, porque interesa, la discusión sobre lo que se llamó en su momento Laienanalyse, es decir el análisis practicado por analistas que no son profesionales médicos, aunque la cuestión excede mucho toda discusión profesional. Esa expresión –Laienanalyse- fue traducida de muchas maneras: “análisis profano” o “laico”,  incluso “ateo”. Y, sin embargo, Freud en esto es muy preciso. No quiere decir nada de eso: ni profano, ni laico, ni ateo;  quiere decir sin sacerdotes.

Hay quien dice que eso es imposible. Y bien, es a esa imposibilidad que esta revista nos invita. Sepamos apreciarlo.

Perla Sneh

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Presentación del nuevo número “Dios y el Estado” – Viernes 19/12

12 Dic

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17 de mayo en el CCC

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Presentación en Córdoba | 28/12 | Rubén Libros

26 Dic

Presentación número 2-3 en Buenos Aires | Bar La Academia

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Presentación y Encuentro de Revistas | 21/12 | 19.30 hs. | Bar La Academia

15 Dic

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Sumario y Editorial | Número 2-3

15 Dic

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Escriben en este número: Diego Tatián / Esteban Vernik / Guillermo David / Adrián Cangi / Ariel Pennisi /  Cecilia Abdo Ferez / Gisela Catanzaro / Emmanuel Biset / Luciano Lutereau / Maximiliano Crespi / Gerardo Oviedo / Javier Trímboli / Luis Diego Fernández / Martín Cortés / Fernando Alfón / Sebastián Artola / Florencia Gómez / Verónica Gago / Sandro Mezzadra / Sebastián Scolnik / Diego Sztulwark / Paola Gramaglia / Ramiro Gogna / Nuria Bril / Jaen Olivari / Mauro Miletti / Alan Ulacia / Laura Kornfeld / Rocco Carbone / Luciano Guiñazú / Matías Rodeiro / Darío Capelli / Alejandro Boverio / Horacio González